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Gamesa: emperador de las galletas

Cuando se dio a conocer la noticia, a finales de 1990, el entonces director de la Cámara de la Industria de Transformación de Nuevo León, Mariano Montero Zubillaga, insistió que la venta de Gamesa no debía asustar a la ciudad.

La realidad es que sí se trataba de una noticia atípica para una ciudad acostumbrada a escuchar solamente de cómo sus empresarios se expandían y crecían sus operaciones.

La venta de empresas mexicanas, habría comentado Montero Zubillaga en aquel momento, no significaba una pérdida de patrimonio para el país.

No, quizás no. Pero sí significaba que el modelo económico cambiaría por completo — y había que considerar que las empresas tendrían también que cambiar por completo, rápidamente.


Después de varias décadas de crecimiento constante, Gamesa se había convertido ya en la galletera dominante en el país. La historia en sí comienza en los años 20s, cuando los hermanos Alberto, Ignacio y Manuel Santos González adquirieron la Fábrica de pastas y galletas Lara.

México venía saliendo de los complicados años de la Revolución, pero Monterrey se perfilaba ya como una ciudad dinámica – una nueva generación de empresarios se había lanzando a crear negocios que querían expandir por todo el país.

La fábrica de los hermanos Santos habría tenido entonces unos 150 empleados y tres hornos de carbón. De acuerdo con la historia oficial de la empresa, al poco tiempo comenzaron a enviar sus productos a otros estados, primero en carretones estirados por caballos, empacados en cajas de madera y lámina (unos años más tarde, éstos serían sustituidos por latas de lámina de forma cúbica).

Para 1948, ese negocio se rebautizó como Galletera Mexicana. Los Santos no habían parado de invertirle – comprando otras empresas del giro y también apostando por mejores tecnologías – y en 1953 producían 85 toneladas diarias de galletas, con una fuerza laboral de 400 personas.

Como era el estándar de la época, en los 70s Gamesa apostó por la integración vertical. Ya no solamente produciría las galletas y las pastas – ahora también estaba elaborando harinas, manteca y aceite – y luego incursionaría incluso en alimento para mascotas, y en comida para bebés (por medio de una alianza estratégica con Gerber).

Pero llegaron los 90s. Ahora lo que se respiraba en el ambiente era la apertura. Estaba claro que México dejaría de funcionar como una economía cerrada – y las fórmulas que habían sido exitosas en ese tipo de entorno, ya no funcionarían.

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